He leído en alguna parte —pero no recuerdo en dónde ni cuándo— que Rockefeller pagaba para recibir, todas las mañanas, una edición especial del periódico: una edición que sólo contenía buenas noticias, o de la cual se eliminaban las noticias tristes, para que al millonario no se le amargara el día. Era una mentira, una leyenda urbana, pero corrió y se acabó haciendo popular porque la verdad no era completamente distinta. Rockefeller , tras notar con agudeza que la realidad importa menos que la percepción, contrató a uno de los primeros equipos de relaciones públicas del siglo XX para tratar de neutralizar, o por lo menos de atenuar, las críticas que ya comenzaban a condenar la actividad de sus empresas petrolíferas. Parece que solía pedir cuadernos de recortes para enterarse de lo que salía en la prensa; parece que su equipo de relaciones públicas, para evitarle preocupaciones mayores a un hombre de salud frágil, omitía en el cuaderno las noticias más negativas. Y así pudo nacer la leyenda aquella del periódico hecho a medida. Seguir leyendo