Sobre la oscura arena de El Trampolín ya solo quedan algunos montones de basura. Hay una cacerola con restos de comida, una manta rosa, una caja de tarjeta SIM de móvil y una botella de plástico llena de orina. También muchos, muchos restos de las cañas que crecen en los márgenes de las carreteras de Ceuta y que los migrantes usaron para levantar el enorme asentamiento instalado tras la entrada masiva. Dos excavadoras recogen los residuos y los introducen en un camión para ser trasladados al vertedero. En la faena trabaja una veintena de operarios de la limpieza que, entre los 200.000 kilos de desperdicios, ha recuperado un centenar de “aletas” y “trajes de buzo”. Nadie tiene claro si fueron usados para entrar a nado en la ciudad autónoma o si han servido de equipamiento para pescar durante los más de dos meses que el poblado ha vivido su rutina paralela. Y que ha terminado con cientos de “retornos voluntarios” tras ser desalojados por la Policía. Seguir leyendo