En la calle del Hierro, en Arganzuela, los albañiles trabajaron en agosto hasta que se ponía el sol. Durante todo el verano se escucharon las sierras, los taladros y los martillos con las persianas bajadas, tratando de esquivar las miradas cabreadas de los vecinos. Terminadas las puertas de acceso a la calle, tocaba rematar el interior para tratar de desmontar cuanto antes aulas y pizarras. Seguir leyendo