Llega octubre con las playas vacías, los apartamentos deshabitados, los toldos de las cafeterías recogidos, las sillas apiladas y atadas con cadenas, algunas tiendas cerradas. Apenas queda nadie en el paseo. A veces cruza un ciclista, una mujer solitaria pasea un perro, el autobús de una excursión de pensionistas los desembarca en el único hotel abierto. La luz de octubre en el Mediterráneo es nítida, clara, muy limpia después de haber sido lavada por distintos aguaceros ; los perfiles del paisaje han perdido la pastosidad de ese color miel de los días de septiembre. La arena de la playa se ha llenado de algas fermentadas que son el vómito saludable con que se ha purgado el mar. El verano se halla en el recuerdo con toda la nostalgia de los placeres no alcanzados; han desaparecido las oleadas de gente, millones de hormigas ciegas invasoras que avanzaban sobre cualquier espacio hasta devorarlo todo. Atrás han quedado las fiestas de la Virgen de septiembre, bajo sus mil advocaciones, que se han celebrado en los pueblos con procesiones, romerías, pasacalles, capeas y encierros en los que siempre se cumple uno de los ritos de la España insólita: un paisano muere corneado por un morlaco contra las talanqueras. Octubre se halla bajo la advocación de la diosa Deméter, que gobierna la fertilidad de la tierra y se prepara por este tiempo como una madre para recibir la sementera en su seno. El aire tiene una extraña sonoridad en la playa vacía. Al atardecer en el paseo que bordea la bahía se oye el eco de una orquestina que llega desde la terraza del hotel. De lejos se ven las siluetas de varias parejas de viejos que están bailando un bolero de Lucho Gatica. Ellos visten jerséis de pico y ellas llevan vestidos floreados. A veces el golpe del oleaje ahoga la canción en el mar, pero estos viejos esperan que la vida aún les dé una sorpresa y bailan Reloj no marques las horas muy agarrados bajo luz de octubre que los envuelve todavía con una esperanza llena de recuerdos.
Bolero de octubre
Llega octubre con las playas vacías, los apartamentos deshabitados, los toldos de las cafeterías recogidos, las sillas apiladas y atadas con cadenas, algunas tiendas cerradas. Apenas queda nadie en el paseo. A veces cruza un ciclista, una mujer solitaria pasea un perro, el autobús de una excursión de pensionistas los desembarca en el único hotel abierto. La luz de octubre en el Mediterráneo es nítida, clara, muy limpia después de haber sido lavada por distintos aguaceros ; los perfiles del paisaje han perdido la pastosidad de ese color miel de los días de septiembre. La arena de la playa se ha llenado de algas fermentadas que son el vómito saludable con que se ha purgado el mar. El verano se halla en el recuerdo con toda la nostalgia de los placeres no alcanzados; han desaparecido las oleadas de gente, millones de hormigas ciegas invasoras que avanzaban sobre cualquier espacio hasta devorarlo todo. Atrás han quedado las fiestas de la Virgen de septiembre, bajo sus mil advocaciones, que se han celebrado en los pueblos con procesiones, romerías, pasacalles, capeas y encierros en los que siempre se cumple uno de los ritos de la España insólita: un paisano muere corneado por un morlaco contra las talanqueras. Octubre se halla bajo la advocación de la diosa Deméter, que gobierna la fertilidad de la tierra y se prepara por este tiempo como una madre para recibir la sementera en su seno. El aire tiene una extraña sonoridad en la playa vacía. Al atardecer en el paseo que bordea la bahía se oye el eco de una orquestina que llega desde la terraza del hotel. De lejos se ven las siluetas de varias parejas de viejos que están bailando un bolero de Lucho Gatica. Ellos visten jerséis de pico y ellas llevan vestidos floreados. A veces el golpe del oleaje ahoga la canción en el mar, pero estos viejos esperan que la vida aún les dé una sorpresa y bailan Reloj no marques las horas muy agarrados bajo luz de octubre que los envuelve todavía con una esperanza llena de recuerdos.

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