En la terrible y dolorosísima crisis de Ceuta se ha hablado mucho del CNI . Incluso se ha hablado demasiado, porque si la actuación de los servicios de inteligencia ha estado durante días en boca de todos se supone que es porque no han debido de hacerlo muy bien, ¿no? O al menos eso es lo que nos han enseñado las novelas y películas sobre agentes secretos: han de ser tan sigilosos y sutiles como volutas de humo. Siempre me han gustado las historias de espías, una antiquísima actividad clandestina que ha pasado por épocas doradas y por momentos más alicaídos. Recuerdo que John le Carré , que fue espía de verdad y que después se hizo famoso escribiendo maravillosas novelas de espionaje, dijo que la caída del muro de Berlín le liberaba de seguir haciendo obras de ese género, como si el fin de la Guerra Fría fuera a terminar con la actividad de los servicios de inteligencia. Nada más lejos de la realidad, como hemos visto; ahí siguen los espías de todo tipo brujuleando e hirviendo bajo la piel social como afanosas termitas. Con el agravante de que ahora tenemos por doquier un montón de guerras frías entrecruzadas. Seguir leyendo