En 2024, los Países Bajos prohibieron el uso de teléfonos móviles en las escuelas. En las pruebas PISA 2026, registraron uno de los niveles mas bajos de su historia en comprensión lectora. En España, diversas comunidades autónomas tomaron medidas restrictivas en relación a los teléfonos. En las pruebas PISA 2026, el país registró los peores resultados en lectura y matemáticas desde que se recopilan estos datos. La Argentina, donde varias jurisdicciones implementaron límites, obtuvo su peor resultado en esas pruebas (un estudio reciente indicó que, a pesar de las prohibiciones, la exposición diaria a las pantallas no disminuyó entre los adolescentes argentinos, que “recuperan” las horas de celular “perdidas” en el colegio acostándose tarde o renunciando a hacer deporte). El tema se aborda como un problema de niños y adolescentes, pero ¿hay alguien midiendo la capacidad de los adultos en estas áreas? Adultos: esas personas que, cuando el niño se pone molesto, se apresuran a darle el teléfono para que se calme; esas personas que sacan a pasear al crío y que, mientras empujan el cochecito, en vez de cantarle una canción miran reels de Instagram; esas personas que durante la cena no hablan con sus hijos y chequean el móvil cada dos minutos. En su novela Galápagos , Kurt Vonnegut narra el estado de la humanidad dentro de un millón de años. Para entonces, la especie se ha vuelto casi idiota y tiene el cerebro del tamaño de un maní. En un pasaje, escribe: “A propósito de ese desconcertante entusiasmo de hace un millon de años por poner todas las actividades humanas posibles en manos de las máquinas: ¿qué podría significar sino otro reconocimiento por parte de la gente de que sus cerebros no eran buenos?”. Cuando Galápagos se publicó, en 1985, Vonnegut dijo: “Si mis predicciones son erróneas, devolveré todo el dinero”. Si viviera, no tendría que devolverle nada a nadie.